dilluns, 11 d’abril de 2011

Entrevista con Jorge Molist, autor de 'Prométeme que serás libre'

Hablar con Jorge Molist sin contagiarse de su entusiasmo parece imposible. Conversa tal cual escribe, poniendo ilusión en cada frase y demostrando que para él la literatura responde a las inquietudes de vivir otras época y otros escenarios. En Prométeme que serás libre (Temas de Hoy en catellano y Columna en catalán), Molist narra la historia de transformación de Joan Serra, que ve cómo unos corsarios matan a su padre y toman como esclavas a su madre y hermanas. A partir de ese momento, Joan viajará a Barcelona sin olvidar buscar a su familia, vengar la muerte de su padre, cumplir con su deseo de ser libre y llegar a ser maestro librero.



"Si al lector le gusta la novela, no descarto escribir una segunda parte"


Manel Haro. Barcelona (Text i foto ©)


El protagonista de su novela es un aprendiz de librero de la Barcelona del siglo XV. ¿Qué fue lo que le vino primera a la cabeza para crear esta historia?

La novela se inició con un libro que me regalaron, una historia del libro, y para mí, lo que puede ser un ensayo denso, me trajo una serie de emociones que me recordaron mi infancia y concretamente a mi padre, un hombre que no recibió una educación formal porque era un niño de la guerra. Él quiso educarse con los libros y luego me descubrió a mí ese mundo tan fascinante de la literatura, además de que me enseñaba a mejorar la caligrafía, porque decía que uno era mejor persona cuanta mejor letra tenía. También me llevó de aprendiz a una imprenta porque decía que en casa todo el mundo debía trabajar. La mezcla de todo eso me llevó a escribir esta novela.

Parece que la infancia de su protagonista sea la suya propia, salvando la distancia temporal...

Sí, Joan es aprendiz de librero que sufre las novatadas, que se relaciona con el gremio, con la familia que lo acoge, que ve que dentro de la profesión hay una estructura... Todo eso lo he vivido yo mismo en el siglo XX, cuando fui aprendiz de impresor. Esto me posibilitó hablar de un oficio con realismo.

¿Hay nostalgia por la antigua profesión de librero, muy diferente de la actual?

Sí, la hay. Yo tengo nostalgia de esa bibliotecaria que veía de niño, con pelo blanco, gafas y peinada con un moño, que ordenaba libros que eran maravillosos, algunos desplegables con encuadernaciones preciosas. En la novela el maestro le dice al aprendiz que los libros tienen que tener cuerpo y alma y eso debe ser así, el libro no tiene que limitarse a ser un continente para un contenido, sino que tiene que dar placer verlo y tocarlo. Eso antes se trabajaba con muchísimo esmero.

¿Por qué las novelas históricas situadas en la Barcelona de la Edad Media cuentan con personajes fijos, como los judíos, el esclavo musulmán, el niño pobre que espera ser un hombre respetado en la ciudad...?

Creo que es imposible no reflejar ese tipo de personajes. El niño es el que lleva de la mano al lector hasta el desenlace y el resto muestra esa pluralidad de Barcelona: judíos, cristianos y musulmanes. El marco temporal de la novela muestra la expansión hacia el Renacimiento, pero también una contracción religiosa, ya que entonces los Reyes Católicos buscaron unificar, y entonces salen los conversos que eran personajes relevantes y el núcleo de la sociedad, libreros o notarios, además de otros cambios... Y eso es imposible no incluirlo en la novela.

¿Y cómo se traspasan tantos cambios sociales en una novela?

Reconozco que hubo un momento en que creía que la documentación histórica me superaba y estuve a punto dejarlo. Hubo muchísimos cambios sociales y todo está documentado, por lo que no puedes inventar algo que está estudiado. Lo más duro no ha sido la escritura, sino evitar que la documentación fuese farragosa para el lector, que no tiene que notar toda las horas de estudio que ha llevado a cabo el escritor.

Y me temo que las imprecisiones históricas no van con usted...

Reconozco que tengo obsesión con la precisión y eso me lleva a documentarme mucho, aunque sin castigar al lector. La investigación ha pasado por el cambio de la moneda, la equivalencia en florines entonces, cuánto ganaba un aprendiz de librero, cuánto cobrar el verdugo de la ciudad o cuánto costaba una esclava. Puedo pasarme una semana buscando un mínimo detalle, pero me apasiona esa investigación.

¿Significa que queda material suficiente para tentarle a escribir una segunda parte?

Sí, claro que queda material para otra parte. Si al lector le gusta la novela, no descarto escribir una segunda parte, porque es una época fascinante con personajes potentes, revoluciones significativas, revueltas...

Usted se ha dedicado a la industria del cine... ¿eso le ayuda a escribir novelas más amenas y más visuales?

No es tanto por mi trabajo, sino porque uno se ha criado con el cine y con la fuerza de lo visual, y es imposible evitar una influencia cinematográfica a la hora de escribir. A mí me interesan las imágenes y actualmente el lector se crea esas imágenes mucho más rápidamente que hace cien años, porque el cine le ha ayudado a imaginarlas. No hace falta que el autor describa minuciosamente cada escena, porque el lector de ahora no lo necesita.

Así lo hace más fácil por si a alguien le da por llevar la novela al cine...

Las posibilidades de que una novela como esta se lleve al cine son casi nulas, porque sería una producción carísima.

¿Siente que ha dado un salto con esta novela?

Sí, porque escribir es una afición que me apasiona, pero esta vez he estado cuatro años trabajando. No solo por la documentación, sino porque ha tocado fibras personales muy sensibles. En un momento dado tuve la sensación de que no podía seguir con la novela, mientras que las anteriores las pude escribir más tranquilamente. Ha sido un reto personal que espero que haya dado resultado.