dijous, 24 de febrer de 2011

Entrevista con Katherine Pancol, autora de 'El vals lento de las tortugas'

Katherine Pancol nació en Casablanca (Marruecos) pero se mudó a Francia con tan sólo cinco años. Trabajó como periodista y se enamoró de Nueva York, ciudad en la que vivió durante un tiempo. A pesar de haber escrito más de una decena de novelas, el éxito internacional le llegó en 2006, cuando publicó Los ojos amarillos de los cocodrilos / Els ulls grocs dels cocodrils (La Esfera de los Libros / Labutxaca). La novela relata la vida de Jósephine, una mujer de cuarenta años y con dos hijas pequeñas que debe empezar una nueva vida después de que su marido la abandone. El pasado mes de enero, se publicó en España la esperada segunda parte, El vals lento de las tortugas / El vals lent de les tortugues (La Esfera de los Libros / Empúries). En esta ocasión, el lector se sumerge en la nueva vida de Jósephine, quien, si bien ha progresado en algunos aspectos y ha ganado seguridad en sí misma, sigue buscando la anhelada felicidad.


"Algunas mujeres me cuentan que se han llevado mi libro a su luna de miel y no han hecho otra cosa que leer"

Patricia Tena. Barcelona / Foto: Manel Haro ©

¿Tuvo claro desde el principio que la historia de Jósephine merecía ser contada en tres partes?

Sí. A pesar de que la historia principal es aparentemente sencilla, me apetecía contar muchas cosas y no quería ponerme un límite. Yo siempre digo que no me gusta explicar el argumento de mis novelas porque al hacerlo te das cuenta de que escribes sobre los mismos temas que los demás: el amor, la amistad, la traición o el cambio. Sé que hay millones de Jósephines por todo el mundo, pero en esta novela, que creo que es muy coral, hay otros muchos personajes que son interesantes y cuyas vidas también me interesaba retratar.

Asegura que el éxito de Los ojos amarillos de los cocodrilos fue absolutamente inesperado. ¿Se sintió de algún modo presionada al escribir la segunda parte?

Lo cierto es que no ha sido excesivamente difícil. Creo que he congeniado tanto con los personajes y que éstos son tan reales que ellos mismos me han ido guiando en la escritura. Puede parecer de locos, pero diría que ellos me iban explicando su propia historia y que yo, simplemente, les escuchaba.

Los títulos de sus novelas son un gancho para el lector. Ya ha mencionado varias veces el significado de los cocodrilos, ¿qué nos puede contar de las tortugas?

En esta ocasión no puedo explicar demasiado porque las tortugas tienen mucho que ver con los asesinatos que se producen en la novela. Si doy demasiados detalles, puedo ofrecer pistas al lector para que adivine quién es el asesino antes de tiempo. Pero, como ya sucedió en la primera parte, también hay un significado simbólico: Jósephine confiesa en un momento de la novela que su inseguridad le hace desplazarse a paso de tortuga. Y en otro momento le explica a su hija Zoe que el amor es un sentimiento tan bello que puede equipararse a bailar un vals. Creo que ya podéis sacar vuestras propias conclusiones… (ríe).

De hecho, El vals lento de las tortugas recupera a los mismos personajes pero esta vez les envuelve en una subtrama de intriga. ¿Por qué decidió hacerlo?

La violencia es algo cotidiano que está presente en nuestras vidas y a mí me gusta escribir sobre la vida real. Las mujeres que vivimos en las grandes ciudades debemos enfrentarnos prácticamente todos los días a algún tipo de violencia. Lo que más me interesaba era reflejar esa paradoja que suele darse con las apariencias: en los buenos barrios, donde todos van bien vestidos y con una educación exquisita, puedes encontrar una violencia latente. Gente absolutamente inesperada puede esconder el alma de un asesino, un violador o un pederasta. Las falsas apariencias son peligrosísimas porque hacen que nos confiemos.

Usted se define como una “ladrona de detalles”, que confecciona sus personajes a raíz de sus observaciones...

Construir unos buenos personajes es lo más duro a la hora de escribir un libro. Yo dedico mucho tiempo a recopilar detalles que acaben conformando su personalidad. Para mí es como construir una gran catedral. Me explico: acabo de visitar el templo de la Sagrada Familia y me ha fascinado. Si yo os explico que es una iglesia, voluminosa, majestuosa y que sube hasta el cielo, no veréis nada, porque esa descripción sirve para la mayoría de catedrales que existen. En cambio, si te hablo de los detalles que conforman la Sagrada Familia, de las flores, los colores, las columnas que imitan a los árboles, te puedes hacer una idea mucho más aproximada de su belleza. Si soy capaz de describírtela bien, la puedes visualizar en tu cabeza. Eso es lo que espero conseguir cuando imagino a mis personajes.

Trabajó como periodista para revistas como Elle, y asegura que una de las cosas más interesantes de la profesión es quitar la máscara a los entrevistados. ¿Cómo se siente ahora que está en el otro lado?

He hecho muchísimas entrevistas en mi vida y la gran ventaja es que pillo a los periodistas muy rápido. Gracias a mi experiencia, me bastan dos minutos para saber si una entrevista va a ser buena o no (ríe).

¿Y qué es lo mejor de ser escritora?

Me he pasado la vida escribiendo, así que no sé hacer otra cosa. Trabajé en prestigiosos medios de comunicación como Paris Match o Elle y tuve la oportunidad de viajar por todo el mundo y de conocer a personas maravillosas. Disfrutaba muchísimo haciendo reportajes y entrevistando a gente interesantísima, pero tenía ganas de escribir novelas. Hubo un momento en el que no tenía tiempo de compaginar ambos trabajos y tuve que decantarme. Decidí apostar por la literatura de ficción, pero en el fondo sigo haciendo lo mismo que hecho siempre: expresarme mediante la escritura.

¿En qué punto se encuentra la adaptación cinematográfica de Los ojos amarillos de los cocodrilos?

Hubo un primer proyecto cinematográfico que al final no funcionó. Seguimos buscando un director interesado en la historia y en buenos actores que quieran interpretar a mis personajes, pero de momento no los hemos encontrado. Sinceramente, creo que es un libro difícil de poner en escena: a los personajes les ocurren muchísimas cosas y no es fácil explicarlas en un guión de dos horas. Creo que una buena opción sería convertirlo en una miniserie tipo la que se ha hecho con Los pilares de la tierra, de Ken Follett.

Deduzco, entonces, que quiere estar implicada en el proyecto.

Implicación absoluta, diría yo. Quiero trabajar con el productor, con el director y ¡hasta con los actores! Lo que más me interesa es que se haga bien y, por contrato, puedo entrevistar con el productor a todos los directores y guionistas interesados en adaptarla para la gran pantalla. Y, si no me gusta el resultado, también tengo derecho a negarme a que aparezca mi nombre y el título de la novela, que, a fin de cuentas, también es mío.

Tiene un blog muy activo en el que interactúa constantemente con sus lectores.

¡Y siempre contesto a todos los e-mails que me mandan! De verdad. Esto ahora se está convirtiendo en un pequeño problema, porque empecé recibiendo tres al día, luego diez, pero ahora ya son cerca de sesenta y se me acumula el trabajo. Cuando he acabado de escribir, dispongo de más tiempo para contestar, pero cuando estoy inmersa en la escritura, la verdad es que me roba mucho tiempo. Sin embargo, no concibo leer todos esos mensajes que son muestras de cariño y respeto y no agradecerlo.

Imagino que muchos, especialmente las mujeres por identificación directa con la protagonista, le explicarán sus propias vivencias.

Me pasa diariamente. Me escriben muchas mujeres explicándome que están en proceso de divorcio y me dan las gracias porque mi libro les ha dado fuerzas para sobreponerse, u otras a quienes la lectura les ha ayudado a llevar mejor el desempleo. También hay chicas jóvenes que se identifican con las hijas de Jósephine o incluso mujeres que me explican que se han llevado mi libro a su luna de miel y no han hecho otra cosa que leer. ¡Aunque esto ya no sé si es tan positivo! (Ríe).

En Francia ya se ha publicado la novela que cierra esta trilogía, Las ardillas de Central Park están tristes los lunes. ¿Qué nos puede adelantar?

La última escena de El vals lento de las tortugas sucede en Central Park. Yo he vivido muchos años en Nueva York y para mí Central Park son las ardillas. Si las ves el fin de semana, están muy felices porque todo el mundo se ocupa de ellas, les hacen fotos, les dan comida… En cambio, llega el lunes y cuando bajan del árbol se dan cuenta de que todo el mundo está trabajando y que pasan absolutamente de ellas. Es un guiño a esa sensación tan humana que tenemos de querer ser felices todo el tiempo. Eso es algo imposible: siempre hay un lunes.

Reseña de Los ojos amarillos de los cocodrilos



Reseña de
El vals lento de las tortugas



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