dilluns, 4 d’octubre de 2010

Entrevista con Santiago Roncagliolo, autor de 'Tan cerca de la vida'


Santiago Roncagliolo (Lima, 1975) es un narrador experto en secretos, soledades e incomunicación. De su amplia trayectoria literaria destacan el drama intimista Pudor y el thriller policíaco Abril rojo, con el que ganó el Premio Alfaguara de Novela en 2006. Ahora presenta Tan cerca de la vida, una mezcla de ciencia ficción, thriller psicológico y novela erótica. Max es un hombre solitario que trabaja en una Corporación de Inteligencia Artificial, cuyo principal objetivo es construir robots tan parecidos a los humanos que incluso cueste distinguirlos. Un terrible jet lag, una serie de recuerdos borrosos y pesadillas continuas provocan que el protagonista empiece a cuestionarse si su vida es real, ya que se siente fuera de lugar e incapaz de comunicarse con nadie. En el hotel donde se aloja, conoce a Mai, una camarera japonesa muda con la que, paradójicamente, se entenderá a la perfección. Ella, que es la única persona en la que puede confiar, le demuestra que en el amor no es necesario compartir un código, sino crearlo.

"Me gusta preguntarme si seremos capaces de crear máquinas que sientan amor, miedo u odio"


Patricia Tena. Barcelona / Fotos: Manel Haro ©

Ha confesado que quería escribir una historia de amor pero que, como le daba vergüenza, optó por escribir una historia que también diera miedo.

Me parece muy difícil escribir sobre amor o sexo sin sonar cursi, ridículo o sin caer en todos los clichés. Es todo un reto. Mi gran aliado fue Tokio, que es una ciudad muy misteriosa, y el mundo de la Inteligencia Artificial, ambos factores me permitieron escribir sobre sentimientos en una atmósfera de thriller. Parece que si da miedo, ya no es cursi y el resultado es una historia de amor pero también de terror.

De hecho, asegura que a los hombres, más que a las mujeres, les da miedo hablar de amor.

No hay que olvidar que el amor es un misterio. Conocer a alguien y buscarse en otra persona da miedo porque no se sabe cómo terminará. Y sí, a los hombres nos da más miedo que a las mujeres (ríe).

Resulta difícil pensar que a usted también. En algunas de sus anteriores novelas, y especialmente en Pudor, hablaba muchísimo sobre el amor y el desamor.

No me resulta difícil porque son novelas. ¡Es ficción! Otra cosa es en la vida real… (ríe). El escritor trabaja en sus novelas con sus miedos, sus perversiones, sus emociones. Yo soy de los que piensa que todos los personajes reflejan un poco lo que eres. Max es un hombre solo en un hotel de Tokio, como lo fui yo durante una temporada. Ambos nos sentíamos frustrados y buscábamos contacto con alguien de fuera.

¿Escribió la novela durante su estancia en Tokio?

No, la escribí después. No fui a Tokio pensando que iba a escribir un libro, pero sí es cierto que pasé allí una temporada larga y que sentí esa extraña soledad que siente Max. También hice el mismo recorrido que hace él en el mercado del sexo y en el hotel donde me alojé había una convención de Inteligencia Artificial. ¡Era un escenario demasiado bueno como para desperdiciarlo! Con estos elementos, uno no puede desaprovechar la oportunidad; escribir una novela se convierte casi en una obligación.

¿Esa soledad le llevó a sentirse en algún momento como Bill Murray en la película Lost in translation?

Aunque parezca mentira, estuve precisamente alojado en el hotel donde se desarrolla el filme. El lugar me sonaba familiar, pero no fui consciente de que era el mismo hasta que ya llevaba unos días allí. Es un hotel muy gráfico para hablar de soledad, porque está situado en la parte más alta de la ciudad, rodeado de muchos edificios altísimos e iguales. Max, al igual que me pasó a mí, se siente rodeado de personas que son iguales las unas a las otras , rodeado de edificios que son iguales entre sí y, sin embargo, él se siente diferente. Ése es su drama.

Parece que Tan cerca de la vida no se podría haber desarrollado en ningún otro lugar que no fuera Tokio.

En este caso el escenario tenía que ser Tokio. Durante mi viaje, por las tardes iba a ver películas de terror japonesas, que tienen una particularidad que me fascina: los fantasmas y los espectros no son malos, sino incomprendidos y siempre intentan trasmitir mensajes a los vivos, pero nadie les escucha por miedo. Mis personajes son incomprendidos pero también incomprensibles y eso viene dado a que no saben comunicarse bien con el mundo que les rodea. Es algo que nos pasa a todos en algún momento de nuestras vidas.

¿Qué podemos hacer para solucionarlo?

Hay que encontrar otra forma de comunicación. En este caso, Max se comunica con Mai a través del sexo.

Explica que la idea del sexo en Japón es muy diferente a la nuestra y que en las películas pornográficas, por ejemplo, la penetración aparece pixelada en la pantalla.

Sí, es completamente cierto, a la par que sorprendente. Confieso que este hecho podría considerarse el verdadero origen de la novela. Estaba un día a las 3 de la madrugada sintiéndome solo y miserable en mi habitación de hotel cuando decidí ver una película porno en televisión. Todo funcionaba con normalidad hasta el momento en el que la escena de la penetración apareció borrosa por obligación legal. Me deprimí muchísimo y pensé “¡El único contacto humano que podía haber conseguido esta noche está pixelado!” (ríe). Resulta curioso, pero en Japón hay muchas prostitutas que se niegan a practicar la penetración. Otras sí lo hacen, pero si la policía las coge, deben declarar en comisaría que lo hicieron por amor. La ley lo permite si es por amor. El sexo es algo muy íntimo y personal, pero está rodeado de reglas tan extrañas…

El sexo que practican Max y Mai da la sensación de que produce tanto placer como sufrimiento. Su primera vez la describe prácticamente como una violación.

En estos personajes que no encuentran palabras para comunicar lo que sienten, su cuerpo se convierte en el instrumento comunicativo y el sexo en el vehículo. El sexo me parece muy sincero. A diferencia de las palabras, en el sexo no puedes mentir: si tu relación con alguien es triste, el sexo será triste; si tu relación es violenta, el sexo será violento. En el caso de los protagonistas, el sexo es desesperado porque es el único modo que tienen para hablar de lo que sienten, ya no sólo entre ellos, sino con el mundo. Pero creo que en el fondo se lo pasan bien, ¿no? De hecho, repiten y vuelven a repetir (ríe).

Algunos críticos han calificado la novela como un híbrido de thriller y ciencia ficción. ¿Está de acuerdo?

Creo que no hay ciencia ficción, el mundo es así. Tokio es así. La gente se comunica mediante pantallas constantemente, hay empresas que hacen humanitos cada vez más sofisticados. .. Para mí es simplemente una historia de amor.

En un mundo muy avanzado tecnológicamente, parece más difícil que nunca comunicarse.

Ahora encontramos en las máquinas cosas que antes nos daban las personas: conversación, sexo, compañía. Buscamos en las pantallas lo que no encontramos en las personas físicas que nos rodean. En mi novela, vemos que a Max le cuesta diferenciar a las personas de las máquinas porque ambas pueden actuar de forma parecida: pueden ser funcionales y saludar a la gente, comportarse como las reglas lo exigen, etc. Me gusta preguntarme si seremos capaces de crear máquinas que sientan amor, miedo u odio. Y, si lo hiciésemos, ¿eso las convertiría en seres humanos?

¿Usted qué cree?

Creo que les faltaría el sexo. Por mucho que las mejoren, hay cosas que de momento no van a hacer. Cuando Max se acuesta con Mai, en cierto modo lo que busca es reafirmarse y decir “tengo un cuerpo”. No se puede vivir simplemente intercambiando mensajes verbales, también es necesario tocar. Queremos sentir que hay alguien ahí fuera y que ése alguien es más caliente que una máquina. Yo espero que eso no cambie, pero si aparece una máquina que haga todo esto…¡¡guau!! (ríe).

Y en medio de toda esta incomunicación, se entienden a la perfección Max y Mai. “Él que no hablaba una palabra de japonés, ella que no hablaba nada”. ¿Las almas solitarias están destinadas a encontrarse y a entenderse?

Mai es la esencia de algo que me pasó cuando me sentí solo en Tokio. Alquilé una mujer para hablar. Son una especie de herederas de las geishas pero son mucho más modernas, con un escote bien pronunciado y muy guapas. Nos sentamos y, como no hablábamos el mismo idioma, tratamos de comunicarnos por gestos. ¡Y acabamos riéndonos! Fue divertido. Para comunicarse no hay que manejar el mismo código, sino que hay que tener ganas de hacerlo.

Max le dice a Mai “conocerte significaba descifrarte”.

Eso es el amor, ¿no? Conocer a alguien en general es conocer sus signos y sus significados pero a la vez siempre hay un espacio al que no podemos acceder. Todas las personas son un misterio. Enamorarte es tratar de explorar el misterio, pero al hacerlo también te expones tú y tus misterios interiores. Es una jugada arriesgada. Es un thriller.

En cambio, el jefe de Max dice “él no tiene ambiciones y por eso mismo no nos produce decepciones”.

Las personas que trabajan en empresas muy grandes no son realmente trabajadores, sino productos de la empresa, al mismo nivel que las sillas o los ordenadores. De hecho, si te fijas los llamamos recursos, recursos humanos no seres humanos. Mai puede ser una japonesa muda y la Corporación una empresa nipona de Inteligencia Artificial, pero las emociones son universales y éstas no son muy distintas a las que sentimos en nuestra vida cotidiana.

Háblenos de la paradoja de Putnam que incluye en su novela sobre el cerebro en la bañera.

Hilary Putnam es un filósofo de la mente y se pregunta qué pasaría si un científico tomase un cerebro y lo metiese en una bañera con todos sus líquidos nutrientes y conectase sus terminaciones nerviosas a cables que emiten señales y le hiciese creer a este cerebro en una bañera que él es un hombre que se levanta por la mañana, que tiene una mujer a su lado, va a desayunar, se va al trabajo, tiene hijos, pasea a su perro, etc. Pero en realidad no está pasando nada de eso, son los impulsos de un ordenador, él no es más que un cerebro dentro de una bañera creyendo que vive esa vida.

Da miedo pensarlo…

Sí, y Putnam se plantea qué pasaría si un día este hombre tiene una revelación mística y cuando se despierta dice “Me he dado cuenta de la verdad: soy un cerebro en una bañera”. ¿Cómo podría probarlo? El problema es que no podría hacerlo. Ninguno de nosotros puede probar que no es un cerebro en una bañera. Lo ideal es que no nos levantemos todas las mañanas sospechándolo (ríe), pero pensarlo es escalofriante. Pensar que todo el mundo puede ser mentira, como le ocurre a Max en un momento determinado, da mucho miedo.

Como en la película El show de Truman...

Sí, refleja esa idea perfectamente. La trilogía Matrix también juega con este pensamiento. Implica pensar que la realidad no es la realidad. Eso le pasa a Max a lo largo de la novela, todo lo que él cree se está desintegrando: su trabajo, la gente a la que ama, su pasado… De esta forma se va precipitando en la incertidumbre y su única tabla de salvación es el amor. Tan cerca de la vida es la historia de un hombre desesperado que se aferra a una mujer, simplemente porque no tiene nada más a lo que aferrarse.

La Corporación explica que a la hora de crear robots que imiten a seres humanos, su limitación es el lenguaje.

Algunos estudios consideran que lo que nos distingue de los animales o de cualquier otro organismo es el lenguaje. Los animales, con mayor o menor sofisticación, reaccionan a estímulos: si los pinchas, chillan; si tienen que aparearse, cantan, etc. pero los humanos tienen muchas palabras que se van estructurando en combinaciones nunca antes vistas y casi siempre nuevas: la mayor parte de nuestras oraciones nunca las hemos dicho antes. En teoría si desarrollas lenguaje, tendrás seres humanos. Lo que yo me pregunto, y es muy difícil de responder, es “si alguien puede usar funcionalmente la palabra amor, ¿se enamora?”. Si le dices a una chica “Te amo” y describes tus sentimientos como amor, ¿significa que estás enamorado? No lo sabemos con las máquinas pero tampoco lo sabemos con las personas. Nunca sabremos si lo que los otros dicen corresponde con lo que nosotros sentimos. Yo creo que se basa en tener fe. Queremos creer que el otro habla de lo mismo que nosotros.

La novela va adquiriendo un ritmo trepidante in crescendo y hay falsas pistas que hacen pensar en diferentes finales.

Me gusta ese juego. Pero para mí la gran pregunta de la novela es “¿Y si todo lo que crees es mentira? Ahora ¿qué haces?” Me pareció escalofriante: eres un hombre solo en Tokio, tus recuerdos no son tus recuerdos y tus seres queridos tampoco lo son. Estás completamente solo. Tienes cinco minutos para inventarte una vida.

¿Y tiene alguna respuesta sobre qué hacer?

No. Nunca las tengo. Por eso soy novelista y no ensayista. Tengo un huevo de preguntas y ni una sola respuesta (ríe). Pero quiero pensar que cada lector encontrará la suya.

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1 comentari:

Manel Haro ha dit...

Muy buena pinta y excelente entrevista.