diumenge, 1 d’agost de 2010

'A peu per Múrcia', Josep Maria Espinàs

A peu per Múrcia: Valle de Ricote
Josep Maria Espinàs

Editorial La Campana
1ª edició, 2009
Gènere: Viatges
224 pàgines
ISBN: 9788496735323


Josep Maria Espinàs (Barcelona, 1927) cuenta con una amplia obra que abarca géneros diferentes como la novela, el ensayo, las memorias o libros de reportajes. A peu per Múrcia es ya el veinteavo libro de viajes que escribió y que La Campana publicó el pasado año. Probablemente, de todos ellos, el más conocido sea aquel A peu pel Pallars i la Vall d’ Aran (1956) donde compartía viaje con, ni más ni menos, que Camilo José Cela. Desde entonces, Espinàs ha caminado por el Priorat (1957), la Terra Alta (1988), l’Alt Maestrat (1990), Castella (1998), Galicia (2001) y Mallorca (2004), entre otros.

Antes, sus viajes duraban semanas; ahora, a sus 83 años, Espinàs reduce el tiempo a nueve días en los que recorre una zona de la península, en este caso Murcia y más concretamente el Valle de Ricote, desde Cieza hasta Archena, teniendo el final en el balneario, donde encontramos las mejores anécdotas de todo el libro.

Espinàs no viaja solo, lo hace en compañía de Sebastià Alquézar (del restaurante Ca la Teresa) en el primer tramo del libro y después se les unen Isabel Martí, editora de Espinàs, y su marido. Y además, el periodista viaja con su libreta y su pipa, tomando apuntes de cualquier cosa, teniendo predilección por los letreros a pie de carretera o en los pueblos que cruza y los topónimos. De los primeros encontramos nombres tan singulares como “Pollos asados angostos”, “Caldo con pelotas” o “Paritorio”; de los segundos sorprende el “Llano del Zurdo”, “la Falda del Cabezo del Judío” o “la Casa de Burras”.

Espinàs comenta que le resulta más interesante un viaje a Murcia que uno a Nueva York, desde el punto de vista literario, y sin duda tiene razón, las cientos de anécdotas que reúne en este volumen resultan a la vez divertidas, sorprendentes y en algunos casos alarmantes. Encontramos una España tradicional en muchos casos, abierta con los forasteros, pero cerrada en otros aspectos, que deja extrañas celebraciones como el concurso de lanzamiento de hueso de oliva de Cieza, hecho a medias en Nueva York, que tiene un autoproclamado rey de los gandules o un museo del esparto, que sólo abre los sábados o bajo requerimiento.

No quisiera acabar, sin agradecer al autor su dedicatoria al inicio del libro: “A los murcianos que vinieron a Catalunya hace muchos años. A sus hijos y sus nietos catalanes”. Y no por nada, si no tan sólo, por que el que esto suscribe es uno de ellos.

Salva G.


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A F I N I D A D E S

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