dilluns, 5 d’octubre de 2009

Entrevista con Ildefonso Falcones

Ildefonso Falcones (La mano de Fátima) nos recibe en su despacho de Barcelona, donde ejerce de abogado. Espero en una pequeña sala llena de revistas, libros en gran formato y silencio, mucho silencio. En un rincón se ve un plafón grande que reproduce la entrada de un diccionario con la palabra “colorado”. A los pocos minutos, aparece Falcones, con camisa y tirantes, dispuesto a entregarse a la entrevista. Hace un minuto ha acabado su charla con los lectores cibernautas de Televisión Española. Pide permiso para encender un cigarrillo y espera la primera pregunta.

Manel Haro. Barcelona © / Fotografías: Joan Tomás © (cedidas por Plaza & Janés)

Aprovechando que sale de una charla en la red, ¿puede decirme quién prefiere que le pregunte: los periodistas o los lectores?


Vaya, esa es una pregunta que nunca me habían hecho. Son cosas diferentes, los periodistas sois más profesionales, tenéis más claro lo que queréis preguntar y con los lectores, en cambio, te puedes encontrar con cualquier tipo de pregunta, lo cual también es interesante. El lector teóricamente es más agradable para un escritor, sobre todo si le ha gustado la novela (ríe).

¿Y si alguien le dice que no le ha gustado?


Los lectores, al menos a mí, no me han dicho que la novela sea mala, aunque debe haberlos, claro. De todos modos, no creo que nadie se acerque a decirme eso, yo no lo haría. Por lo general, el contacto con los lectores es bueno.

¿Por qué decide ir a las Alpujarras con esta novela?

Porque todo me cuadra: a mí me gustaba la orden de Felipe II de crear una raza de caballos españoles en Córdoba porque soy aficionado a la hípica y eso cuadraba con el hecho luctuoso dentro de la historia de España y poco conocido. Todo junto te da un episodio histórico muy interesante para desarrollarlo en una novela.

¿Tuvo la tentación o alguien le sugirió que volviera a escribir sobre Barcelona?


No, eso no significa que lo deje o que no vaya a escribir sobre Barcelona de nuevo.

En cuanto a la documentación… ¿200 libros fueron al final?


Sí, pero fue más fácil. Una vez que vi que la historia me cuadraba, pude escribir a la vez que me documentaba ya que la primera parte sucede en las Alpujarras y podía centrarme en los personajes más que en la Historia. Mientras escribía esta parte, me documentaba para las siguientes.

¿Cree que en esta novela ha sabido digerir mejor el grueso de la documentación?


Cuando uno estudia mucho sobre una época, corre el riesgo de dar más información al lector de lo que es necesario. Hay que intentar no hacerlo, por muy interesante que sea, porque sería un error. Yo creo que en La catedral del mar también lo logré, quizá en algunos casos no tanto, pero sí es cierto que hay que llevar la historia a través de la trama sin apabullar al lector con datos históricos que, aun siendo interesantes, pueden ser excesivos.

¿Por qué en el género histórico se apuesta mayoritariamente por la novela de formación? Es decir, normalmente, el personaje es un joven que va formándose, en vez de tomar a un personaje ya adulto.


La novela histórica te hace coger un periodo histórico extenso, por norma general. Si escribes sobre un hecho histórico que dura sesenta años, te obliga a indagar en varias generaciones y mostrar los acontecimientos a través de los personajes. Un thriller no aguantaría un periodo tan largo, pero una novela histórica pierde fuerza si el lector no puede enfrentarse a una historia que abarque varios años.

¿Cree que la novela negra está devorando a la novela histórica?


Puede ser, yo no soy entendido en eso, no lo estudio, pero yo creo que la profesión está en todos los campos. Hay mucha novela negra, pero también mucha novela histórica.

¿Se siente cómodo compitiendo con Stieg Larsson en ventas?


Me siento cómodo (sonríe). Larsson es un fenómeno en ventas y que los lectores piensen que se puede competir… Lo que hay que asegurar es que haya sitio para todos.

¿Qué cosas aprendió de su escritura de La catedral del mar y que ahora ha podido aplicar a La mano de Fátima?


El estudio sobre todo. Con La catedral del mar había veces que notaba que me faltaban cosas por estudiar, no tenía bien definidas algunas cosas, pero con La mano de la Fátima ya no me ha ocurrido, porque tengo más experiencia y uno sabe que tiene que estudiar más antes de escribir. También en la organización y en la forma de escribir, aunque sin que haya demasiados cambios.

¿De la crítica ha aprendido algo?


Me he sentido bien tratado en ese aspecto, aunque sí es verdad que hubo algunos críticos que hablaron más del fenómeno best seller que de la novela.

¿Ha olvidado ya a Arnau Estanyol, el protagonista de La catedral del mar?


Sí, aunque de vez en cuando me acuerdo de él (sonríe).

¿Cuándo olvidará a Hamid, el protagonista de La mano de Fátima?

En el momento en que me ponga a escribir una tercera novela...

¿La ha empezado?


No, todavía no. ¡Después de la promoción toca descansar un poco!

Abogado y escritor. ¿Cómo era su jornada habitual cuando escribía La mano de Fátima?

Me levantaba a las siete de la mañana, desde las ocho hasta las once escribía. Luego iba al despacho y al mediodía a montar a caballo. Volvía a las cuatro y media al despacho hasta las ocho y media, cenaba, estaba con los niños y, antes de dormir, leía.

¡Qué bárbaro!


Hay que saber organizarse el tiempo (sonríe).

¿Tiene algún sueño de escritor que le gustaría alcanzar?

No, no pienso en eso.

¿Qué prefiere: vender miles de ejemplares o que por unanimidad le digan que su novela es buena?


Lo que me importa es que al lector le guste. Lo de los críticos no me importa demasiado, según cuales. Cuando un crítico es también escritor, está compitiendo contigo y su objetividad se pone en duda. La decisión final es la del lector. Si se venden tantos ejemplares es porque los lectores se lo han recomendado a otros y eso no hay campaña de marketing que lo supere. Las ventas supone la aceptación de los lectores.

¿Le preocupa el libro electrónico y el futuro de los derechos de autor?


¡Claro! O se sientan unas bases, que ahora no existen, o las editoriales se ponen las pilas, porque yo no me puedo estar tres años escribiendo una novela y que luego los derechos de autor no sean satisfechos. Eso va en detrimento de la creatividad. Hay que pagar el producto y la patente.

¿Pero alguien leerá mil páginas a través de un ordenador?


No, pero a través de otros dispositivos sí. Al igual que se escucha música en reproductores MP3, se leerán libros en formato digital. Eso no hay dios que lo pare.